Si estás empezando o te lo has planteado más de una vez sin atreverte, aquí te dejo una guía sencilla para poner en marcha tu huerto urbano paso a paso. Sin mística, sin postureo, pero con resultados.
Cada vez somos más los que sentimos la necesidad de reconectar con lo natural en medio del cemento y el ruido. El ritmo de la ciudad, la comida ultraprocesada y la desconexión con el origen de lo que consumimos ha hecho que muchos hombres adultos empiecen a mirar con otros ojos algo tan simple y poderoso como sembrar una lechuga en el balcón. Sí, hablamos de tener un huerto urbano. No hace falta tener una finca ni saber latín botánico: solo hace falta un pequeño espacio, algo de paciencia y ganas de ver cómo crece la vida bajo tus cuidados.
Cultivar tu propia comida no solo tiene beneficios prácticos (ahorro, sabor, sostenibilidad), sino también emocionales y psicológicos. Es una forma de meditar con las manos, de reconectar contigo mismo, de entender los tiempos y ciclos con otra lógica. Y si además consigues una buena ensalada al final, ¿quién se puede quejar?
1. Escoge el lugar ideal: sol, accesibilidad y viento
El primer paso es observar. ¿Tienes una terraza, un balcón, una ventana grande o incluso una azotea? Cualquier espacio sirve, pero hay tres factores clave:
- Luz solar directa: la mayoría de hortalizas necesitan al menos 4-6 horas de sol al día.
- Protección del viento: si el sitio es muy ventoso, las plantas sufrirán. Puedes usar mallas, celosías o poner macetas contra la pared.
- Acceso cómodo: no pongas el huerto donde te dé pereza regar o cosechar. La clave es que lo tengas cerca y visible para que se integre en tu día a día.
2. Elige bien tus cultivos: fáciles y agradecidos
Cuando empiezas, lo mejor es apostar por lo seguro. Olvídate (de momento) de sandías o berenjenas exóticas. Lo ideal es comenzar con:
- Lechugas y espinacas: crecen rápido, son fáciles y no necesitan grandes macetas.
- Tomates cherry: con sol y agua constante, dan una producción abundante.
- Hierbas aromáticas (albahaca, perejil, romero): útiles, resistentes y decorativas.
- Rábanos y zanahorias baby: si tienes algo más de profundidad en tus macetas, dan buen resultado.
La clave es empezar con pocos cultivos y aprender de cada uno. A medida que te sientas cómodo, podrás ir experimentando con más variedades.
3. Macetas, jardineras o mesas de cultivo: adapta según tu espacio
No necesitas una instalación profesional. Puedes reutilizar macetas, cubos viejos, cajas de madera o incluso botellas cortadas (si tienes maña). Solo asegúrate de:
- Buen drenaje: agujeros en la base para evitar encharcamiento.
- Tamaño adecuado: cuanto más profundo el recipiente, más opciones de cultivo tendrás.
- Sustrato de calidad: mezcla de tierra, humus de lombriz y fibra de coco o perlita.
Las mesas de cultivo elevadas son una gran opción para terrazas, ya que son cómodas y limpias. También hay kits listos para usar si prefieres algo más práctico al inicio.
4. Riego: ni mucho ni poco, pero siempre constante
Uno de los errores más comunes es regar sin control. Cada planta tiene sus necesidades, pero como regla general:
- Riega por la mañana o al atardecer, nunca en las horas de más sol.
- Toca la tierra antes de regar: si está húmeda, espera un día más.
- Evita mojar las hojas, para prevenir hongos.
- Riego por goteo o botellas invertidas: soluciones simples si no puedes estar pendiente cada día.
Un consejo extra: la constancia es más importante que la cantidad. Las plantas se acostumbran a un ritmo, y eso las hace más fuertes.
5. Mantenimiento básico: observa, aprende y disfruta
No necesitas ser jardinero experto, pero sí estar atento:
- Revisa plagas o bichos (pulgones, orugas, etc.) y usa remedios naturales si aparecen.
- Poda lo seco o dañado para que la planta concentre su energía.
- Cosecha a tiempo: si esperas demasiado, puede pasarse o espigarse.
- Apunta lo que haces: llevar un pequeño diario te ayudará a mejorar cada temporada.
El secreto está en observar. Cada planta te da pistas: hojas que cambian de color, tallos que se doblan, flores que aparecen. Es un ejercicio de atención plena, de volver al presente sin necesidad de pantallas.
¿Por qué un hombre adulto debería tener un huerto urbano?
Porque es terapéutico, sabroso, económico y profundamente masculino. Sí, masculino: cuidar, sembrar, esperar, recoger. Nada más ancestral y poderoso que ver crecer algo que tú has cultivado. Y hacerlo en tu balcón, en tu piso de ciudad, es un acto rebelde y consciente.
Además, el huerto puede convertirse en un espacio compartido: con tu pareja, tus hijos, tus amigos. Un lugar de conversación y conexión. No es solo plantar. Es construir un pequeño ecosistema que te recuerda que no todo tiene que ir tan deprisa.



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