Durante décadas, el cine ha servido como una fábrica de mitos, moldeando no solo nuestras historias favoritas, sino también la imagen ideal del hombre.
Desde los duros e imperturbables vaqueros del western clásico hasta los superhéroes musculosos y moralmente rectos de los blockbusters recientes, el héroe masculino ha sido una constante… pero también una construcción. Y como toda construcción, es susceptible a las grietas del tiempo.
En los últimos años, ha surgido una pregunta incómoda en el debate cultural: ¿Dónde están los héroes masculinos de antes? ¿Se han desvanecido, o simplemente han mutado? Para algunos, la nueva sensibilidad de los personajes en pantalla representa una pérdida de fuerza o liderazgo; para otros, una ganancia de complejidad y humanidad. En cualquier caso, la transformación es evidente: el hombre del cine ya no es solo acción, control y estoicismo. Ahora duda, llora, se equivoca, se deconstruye… y en ocasiones ni siquiera se considera héroe.
El fin del macho infalible y el inicio de la vulnerabilidad como poder
Durante gran parte del siglo XX, el hombre protagonista estaba claramente definido: fuertes, silenciosos, y frecuentemente emocionalmente inaccesibles, estos héroes respondían a una masculinidad hegemónica donde el poder físico, la autosuficiencia y la autoridad moral eran el núcleo de su atractivo. Actores como John Wayne, Clint Eastwood o Sylvester Stallone encarnaron esa figura casi mitológica. No solo eran salvadores; eran soluciones.
Sin embargo, la modernidad (y especialmente el siglo XXI) trajo consigo una ruptura. La sociedad empezó a cuestionar los estereotipos, y con ellos, al héroe incuestionable. El cine independiente primero, y las grandes producciones después, comenzaron a mostrar hombres que podían fallar, llorar o simplemente no tener todas las respuestas. Películas como Manchester by the Sea o Drive nos ofrecieron personajes introspectivos, rotos, a menudo incapaces de articular sus emociones, pero profundamente humanos. La vulnerabilidad dejó de ser un defecto para convertirse en una herramienta narrativa rica y potente.
A medida que la conversación social sobre género se hizo más compleja, los guionistas y directores también se atrevieron a explorar otras masculinidades: padres que dudan, amantes que no conquistan, hombres que cuidan, que sufren, que se reconstruyen. Incluso los superhéroes, arquetipo clásico del héroe masculino, han evolucionado: desde el trauma psíquico de Batman en The Batman (2022) hasta la fragilidad emocional de Tony Stark en sus últimas apariciones. Ya no se trata solo de salvar el mundo, sino de saber quién eres mientras lo haces.

Nuevas narrativas, nuevas identidades: la redefinición del protagonismo masculino
Uno de los cambios más profundos en la representación del hombre en el cine es la descentralización. El hombre ya no es siempre el centro de la historia. Y cuando lo es, debe compartir foco con otros discursos y personajes. La masculinidad ya no es la medida única de lo heroico. El relato coral, la diversidad racial, sexual y de clase, y la mirada femenina han contribuido a desarmar la vieja figura del hombre protagonista sin fisuras.
Esto no significa la desaparición del hombre heroico, sino su reformulación. Personajes como Paul Mescal en Aftersun, Oscar Isaac en Scenes from a Marriage o incluso Pedro Pascal en The Last of Us presentan masculinidades nuevas, que no temen a la ternura ni a la contradicción. Hombres que cuidan, que temen, que aman desde la inseguridad. Lejos del arquetipo invencible, su poder reside en la empatía.
Por otro lado, también han surgido narrativas que critican el viejo modelo con ironía o cinismo. Barbie (2023) no solo ridiculiza el patriarcado a través del personaje de Ken, sino que refleja la confusión contemporánea sobre qué lugar ocupa el hombre cuando deja de ser el protagonista absoluto. Incluso el cine de acción tradicional, como Top Gun: Maverick, revisita sus propios mitos adaptándolos a un contexto más sensible, donde el liderazgo ya no se impone, sino que se gana desde la escucha y la vulnerabilidad.
La representación del hombre en el cine ya no busca ídolos, sino espejos. Hombres reales, contradictorios, en evolución. Hombres que no siempre ganan, pero que intentan entender qué significa ser ellos mismos en un mundo que cambia. Y quizá, ahí reside el nuevo heroísmo: en atreverse a ser sin tener todas las respuestas.



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