Hubo un tiempo en que el fútbol lo era todo. Un partido no era solo un encuentro deportivo, era una cita ineludible, una excusa para reunirse, una tradición sagrada.
Los domingos olían a césped, a bocatas de chorizo, a transistores en la oreja y a nervios en el estómago. El fútbol era emoción pura, una forma de identidad, un lenguaje universal. Pero hoy… ¿sigue siendo lo mismo? Es inevitable hacerse la pregunta: ¿el fútbol ya no nos emociona como antes, o es que somos nosotros los que hemos cambiado?
Cuando el fútbol era ritual
Para muchos, el primer recuerdo futbolero no es un gol, es un momento: ver a tu padre ponerse nervioso con el árbitro, tu abuelo gritando “¡fuera de juego!” aunque no supieras qué significaba, o esa camiseta que no te querías quitar ni para dormir. El fútbol unía generaciones, barrios, países. Ibas al estadio o veías el partido en la tele de tubo rodeado de gente, cerveza y debates apasionados. Hasta el que no entendía las reglas se contagiaba del ambiente.
Y no importaba si ganabas o perdías (bueno, sí importaba, pero lo superabas). Porque el fútbol era emoción compartida, era gritar juntos, sufrir juntos, reír juntos. Era pasión, con todo lo bueno y lo malo que eso implica.
Hoy, el fútbol parece una serie de Netflix
Ahora, los horarios cambian cada jornada, los precios de las entradas son prohibitivos, las camisetas se renuevan más que los móviles, y cada jugador tiene más followers que goles. Los clubes parecen multinacionales, y los jugadores, influencers con botas. La épica ha sido sustituida por el marketing. Y aunque la calidad técnica haya subido (eso dicen), la conexión emocional parece haberse enfriado.
El fútbol ya no es una experiencia colectiva, es un producto de consumo. Te suscribes a tres plataformas distintas para ver una temporada y aún así te pierdes partidos. Las narraciones son planas, los comentaristas parecen robots, y los estadios… a veces están más pendientes del TikTok que del balón.
¿Estamos más fríos… o más quemados?
Quizás no es que ya no sintamos pasión, sino que estamos saturados. Demasiados partidos, demasiados millones, demasiadas polémicas estériles. Antes se hablaba del golazo, del pase maestro o del fallo garrafal. Ahora se habla del peinado de Haaland, de los stories de Mbappé o de cuántos seguidores ha ganado el nuevo fichaje en Instagram. Lo que antes era épica, ahora es algoritmo. Lo que antes era emoción, ahora es contenido.
Pero no todo está perdido
Y sin embargo, ahí seguimos. Porque, en el fondo, cuando el balón rueda, algo se nos remueve por dentro. Puede que no lo vivamos igual, que no lo esperemos con tanta ansiedad, pero si llega un derbi, una final o una tanda de penaltis, el corazón se acelera. Si tu equipo marca en el último minuto, gritas como aquel niño de hace veinte años. Porque la pasión puede dormirse, pero no desaparece del todo.
Y quizá el fútbol de ahora necesita más alma y menos marketing. Más barro y menos filtros. Más cánticos reales y menos hashtags. Quizá toca recordarle al fútbol de dónde viene, para que no olvide lo que nos hacía vibrar.
¿Y tú? ¿Sientes que el fútbol ya no te emociona como antes o eres de los que todavía lo vive como si fuera una religión? Sea como sea, sigue habiendo espacio para esa pasión. Aunque a veces se esconda entre suscripciones, VARs y camisetas fluorescentes, el fútbol sigue teniendo el poder de unirnos, al menos por 90 minutos.



Deja un comentario